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El lambrusco: amantes, enemigos, imitadores

Lambrusco

Cuidado con la trampa

 

El lambrusco en Argentina es un vino sumamente apreciado, hasta el punto de que, como sucede con otros dones alimentarios de la vieja Italia, la nación rioplatense es el segundo país del mundo que más consume este tan alabado como detraído caldo, después de su propia cuna cisalpina.

 

El lambrusco es probablemente el vino más famoso del país de Dante, Miguel Ángel y Fellini, pero al mismo tiempo es quizá uno de los productos vinícolas más aborrecidos a nivel internacional. Muchos hemos oído opiniones equiparando con una especie de burdo “tinto de verano italiano”. Pero ¿cuánto hay de verdad en esto? ¿No será el lambrusco pasto del habitual partidismo, sectarismo y espíritu de bandería que también se agazapa –como en, ay, tantas otras facetas de la vida humana- en el extenso cosmos de los gustos gastronómicos y vitinícolas? ¿No somos demasiado beligerantes en la mesa, como en la política y la religión?

 

Pero también, y al margen de estas desazonadas consideraciones, hay que tener en cuenta que, a rebufo del mucho éxito de este espumoso, han surgido por doquier falsificaciones e imitaciones, cada una aún más torpe que la anterior. No hay que dejarse cegar por esos fraudes vinícolas. Han surgido a remolque del bajo precio del Lambrusco y su gran aceptación. Ya se sabe que allá donde hay olor de multitudes y pingües ganancias, surgen de inmediato los fariseos, los falsarios y los embaucadores de variopinta ralea.

 

Numerosos incautos compran determinados lambruscos en el Lidl, Mercadona, Ahorramás, Alcampo o Carrefour, sin fijarse realmente en lo que están adquiriendo. ¡Pobres de ellos! Vae victis! Y muchas veces se topan con que ese vino es de imitación: ni es de la región originaria de este caldo –la Emilia-Romaña-, ni elaborado con la variedad de uva autóctona, ni su espuma y aguja proceden de la fermentación natural como ha de ser, y a menudo ni tan siquiera es italiano. ¿El resultado? En efecto: un chusco sucedáneo que en bien poco difiere de nuestro chocarrero vinate con gaseosa. Una aguachirle gasificada que es al vino de aguja lo que la achicoria es al café, ese exótico y codiciado fruto americano.

 

No obstante, sí es preciso anotar que el lambrusco argentino posee un prestigio de por sí y que también puede depararnos grandes sorpresas.

 

Aunque cabe añadir que muchos de estos remedos proceden de otras zonas de la propia Italia. Son muchos, italianos incluidos, los que desean aprovecharse del gran eco popular del vino frizzante. Y en país tan dado al mercachifleo internacional como es viejo solar ítalo, no es de extrañar que, en río revuelto, surjan aguadores de esta calaña.

 

Historia y raíces de un vino único

 

Lambrusco es el nombre tanto de la variedad de uva tinta (romañola y lombarda) como del propio caldo.

 

Curiosamente, se trata de un vino de una antigüedad remota y nebulosa. Según evidencias arqueológicas, ya la misteriosa civilización etrusca –de origen neolítico, anterior a Roma y cuyo idioma apenas se conoce tampoco- cultivaba este tipo de uva. Crecía en una vid salvaje, que crecía en principio sin necesidad de cultivo, por lo extraordinariamente fértil que es el suelo de la zona. En la era de los romanos, se cosechaba en grandes cantidades, pues se consumía masivamente. Entonces se conocía con el nombre de Labrusca vitis.

 

Esta uva fue introducida en la Argentina por la primera expedición salesiana que llegó a la región mendocina, y a día de hoy el país sudamericano es el segundo productor de Lambrusco (con la misma variedad de uva específica) a nivel mundial.

 

En la década de los 70, fue el vino más comercializado en los Estados Unidos, con hasta 13 millones de cajas vendidas. Actualmente, es uno de los vinos más vendidos del planeta. El lambrusco en Argentina es una de las manifestaciones de esta difusión universal: acaso la más sólida y aclamada.

 

¿Es el lambrusco un vino de baja calidad?

 

Sobre todo, en su variedad tinta, se considera el vino que mejor combina con la pasta y con algunos otros platos de la gastronomía ítala como estofados y carnes, incluso carnes frías y embutidos.

 

Existen tres variedades de Lambrusco: rosso o tinto, rosado, y blanco.  También se vende el llamado Lambrusco amabile, tinto dulce. En nuestros días, se comercializan incluso modalidades sin alcohol. Además, existen diversas variedades según las zonas de producción (Castelvetro, Sorbara, Santa Croce…), si bien la denominación de origen es romañola. Sin embargo, el lambrusco argentino también suele alcanzar cotas de muy apreciable calidad.

 

Como clara muestra de su prestigio internacional, en enero de 2016 tres marcas de Lambrusco ganaron medallas de plata en el International Wine Guide Award. Según todo parece indicar, el descrédito de este caldo a los ojos de muchos se debe fundamentalmente a las numerosas imitaciones. Los plagiarios desvirtúan al original, como suele decirse. Pero los galardones con que han sido laureados los más probos cultores de este caldo dan fe sobrada de la mucha calidad que puede llegar a alcanzar, a despecho de tantos detractores, no pocos de los cuales rozan la difamación. Que el prejuicio no nos ciegue: no confundamos original y burdo remedo.